viernes, 16 de septiembre de 2016

180 gabbiani (Non importa più la via)



Tiene mirada de librería con estanterías de cerezo labrado. 
Más ágil que un tordo negro y más largo que un coito con velas. 
Ese tipo de hombres sedientos que llevan los bolsillos llenos de amuletos.
  
Huele a algodón viejo, a armario, a Portaportese a las 9 de la mañana. 
Sus brazos son de lana, sus codos de naranja ácida.

Provinciano y cosmopolita, como la ciudad de los puentes de hierro en la que todavía hoy se acumulan millones de colillas en las cunetas. 
Es opaco. Y adquiere tonalidades grises cuando llueve. 
Tiene el color del Tevere cuando sonríe  y se recuesta en mi sofá. Si chasquea los dedos salen, de golpe, 180 gabbiani de su chistera. 

Sus cejas son arcosolios y su cuello una peana de escultura antigua. 
Sus ojos son Arte, sus manos artesanía. 
Su aliento ilumina las azoteas viejas. 

Sí, es cierto, veo en sus pestañas restos del paraíso colombiano. En su vientre la vena que se le hinchó a David en la sien. En su perfil, un retrato de Duquesnoy. Cual paisaje selvático de Rossini, en el que sólo se intuyen unos ojos muy abiertos, cien años después.
* Alle 92016, nel 111

viernes, 24 de junio de 2016

Del Sí -Pezzettini-



Tu olor, sin embargo, se relaja en los huecos curvos de mi melena, 
echándose unos shots con mis reacciones más femeninas.
Emborrachándose del uso interno de lo más interno. 
Del Sí que se deshace en el vaso.

De la efímera conquista.

(...)

Binario 7

Pero sí algunos besos (Nel bar dei weekend, dove si ci va sempre, circa delle 23:00 h)


Respeta este instinto fabuloso que me aflora cada vez que te beso, ése en el que  mi cuerpo pareciese vivir en una happy hour inglesa en la que me pongo ciega de tekila y tras la que siempre siempre, me quedo con sed. 

Es tan raro, que prefiero quedarme de lado, en la parte exterior de tu ceja y lamerla desde ahí para calmarme.

Me aterroriza no saber describir lo que siento que quiero que exista pero deseo que dure un ratito más hasta que me harte, mute y se desluzca: con 6 besos explicativos de cómo es una existencia, a otra existencia, sin perder el turno para explicarse, a ver si cuela. 

dos insectos instintivos, espasmódicos, que revolotean airados alrededor de la farola y no dejan de rozarse. 

una alumna tímida, traviesa, que siempre está atenta. Con los órganos siempre dispuestos -siempre impacientes, por dentro-, en ese momento en que los labios hacen equilibrios forzados sobre la cuerda floja y pasan de sonreír más.  

un inventario de todas las ideas que se me ocurren, sobre tus mejillas, cuando las cubro con mis manos y me aprieto.
un músculo que te dilata y que te hace más profundo el ombligo.
la curiosidad que seguramente matará siete veces a una leona del Atlas y la devolverá de nuevo a su estantería.
quedarme de puntillas bajo alguna mesa con ganas de trincarme otro chupito frenético.  

Es posible que no necesitemos besos como los que se dan los enamorados. Pero sí algunos besos. De los que se abren, les crecen manos y se bailan. De los que dan asco cuando los ves en los demás. De los que hacen que maldigas las callejuelas del centro. De ésos. 

Justo ahí ( esattamente là, dove finisce la Metro)



Lo tengo justo ahí, en ese huequito oscuro de la espalda, junto a la peca de la nalga, en donde se me acaban los huesos y anidan las abubillas verbeneras, justo donde se me abre el cuerpo y todo se precipita hacia lo interno. Entre el dedo pulgar de la mano y el más chiquitito del pie derecho. Lo tengo ahí, justo en el medio de toda la sed, de la resaca de Saturday night, del temblequeo de los párpados desnudos y secos.

El signo del instinto, con todo su torbellino voraz de luces naranjas y tirolinas y emblemas.

Por entre los libros abiertos, las líneas imaginarias que siguen los aviones para desplazarse de un punto a otro, sobre la raya del pelo.
En la sonrisa que me sonroja cada vez que descubro un nombre propio escondido en alguna palabra que escribo.
Tiemblo desde las células a los acentos, desde la nota musical a la voz aguda del corista. 
En el ay y en el labio mordido desde la derecha.

Por ahí anda, justo ahí, por los bordes del hemisferio.

lunes, 28 de diciembre de 2015

jueves, 10 de diciembre de 2015

La imagen desnuda y sucia de una Venus Lubentina (Via dei pallazzi abbandonati, dove il polvere si accumula sui passeggianti, s/n)


Cuando de la aventura no queda más que el velo, la ventana cerrada y el mapa. La fertilidad del último hombre que le dio la última calada a mi cigarro. El verdadero sentido de la patafísica.
No, yo creo que jamás pronunció mi nombre con ternura ni bajó las persianas.

Me palpita el esqueleto que ha quedado de mí, al final de todo, como el resto desamparado de un anfiteatro en ruinas.. Hasta qué punto una osamenta, la multinacionalidad de un músculo. Dónde acaban los edificios históricos o las licenciaturas y de qué  o en qué orgasmo: en su Fiesta Mayor, los funambulistas ya desmontan los andamios de las arquitecturas caducas y recuperan los muebles.

No quedan más que  escritorios en mis cavidades ya vacías; no queda más que destreza: los pelos en la boca, el vaivén tenue del espasmo del que todavía jadea. Los capiteles de las columnas, el estuco de las cornisas que gotean. La lengua del beso y el papel.  El ídolo sonrojado y su celda desnuda. Una ciudad entera tapándose los hombros. 

Descríbeme así la casa vacía, la urbe exhausta. El rechinar de los dientes, el sabor de tus encías. La madera de una viga que alimentará a las termitas y que ya no sirve. Cómo se transforman las vísceras golpeadas en cómodos cojines de felpa sobre la mesa. Cuándo corriste por última vez la cortina y a tí mismo.

Celebremos que se mueren mis días. Celebrémoslo a lo grande,  con vuestros falos erectos sobre los azulejos sucios de este hogar que, poco a poco, se vacía. Que las paredes aún en pie nos acaricien las nucas y algo de la generosidad sobreviva. Da igual si gritas, lloro o retumbamos como el eco. Si yo me quedaré igual de deshabitada que la primera vez, poniéndole marcos a las colillas y con los mismos desconchones en la pared de siempre  

Como cuando Cortázar  visitó Roma, igual de lleno que de vacío. Como las piedras del Palatino cuando se calientan y resbalan. 

Cuando de la aventura no queda más que el velo, la ventana cerrada, ocho tabiques, y  la imagen desnuda y sucia de una Venus Lubentina. Descríbeme así, va, sí, así, como me miraste tras ser engullidos por el polvo de esa vieja cocina. 




jueves, 30 de abril de 2015

Volveremos a vernos (Via Nazionale 363, sulla scrivania)



Dejé claro con mi gesto que el disfrutar de ti no nos inspiraría en el amoroso arte de escribir sonetos. Atestigüé que ni el licor ni las calles vacías me harían agarrarme a ti como a un diario severo de letras negras . Intenté no ser más que maracas y jolgorio, más que la cópula más extenuada. Sin embargo, en mis despistes me descoloco cuando me besas la nuca al leerte o escucho mientras me largo ese tan despiadado Volveremos a vernos

No es que crea, qué va, si no no creo. Si cuando me contoneaba te ensalcé como al ídolo no era especulación, es porque los verbos carnales tienden a exagerar a los músculos que engrandecen los instintos primitivos.

(Cuando te mueves por la superficie, todo es más recto y se digiere sin remordimiento).

Que te ansío. Que todavía te quedan días y muchas páginas. Que las rimas no caducan. Que te aborrezco. 

...

Quiero pasarme los próximos días bailándote tarantelas secas.  

Lamerte el dedo gordo de la mano izquierda con el que diriges el boli,  cada vez que se te duerma. 

Y el boli. 

Y las palabras.

Y la lengua.