viernes 18 de septiembre de 2009

............... (Silenzio di una strada, mezzanotte)

Hay cosas muy simples que a mi me hacen sonreir: el ruidito de la papelera de reciclaje de m pc, dar vueltas en los taburetes de las barras de los bares, deshacer la ceniza del cenicero con mi cigarro y llenarme la mano de arena de playa y dejarla caer. Y los besitos en los labios, cuando son muy rápidos y parecen no acabar nunca y quien te los da no se ahoga cuando tú ya estás roja.

Woolly Hertz - y sus virtudes- (Medidiano 87, senza numero)

Las virtudes de la Señorita Woolly Hertz son siempre compatibles con las agendas y las cámaras de fotos. Se ha hecho adicta a las leches limpiadoras faciales, a los muebles de Ikea y a los pantalones de pitillo porque, según ella, le hacen un culo estupendo para captar miradas de jugadores de parchís. En las rebajas se compró un vestido que le sirve para los guateques domingueros y para los funerales, y acortándose la minifalda, incrementa su colección de puzzles. La peluquera siempre le dice que se corte las puntas cuando le hace las mechas con mimo y comentan los modelitos que aparecen en Vogue y que luce esa modelo escuálida. La que se lió con el actor de cine que ella idolatra. No sabe quién es Gehry, pero Goya sí que le suena.
Hay gente que ha echado un polvo en el lavabo de un museo de Historia de lo que sea -recuerda- y por eso ha decidido lucir su vestido también en el supermercado y en los días de votaciones.
Le gustan las flores, los pendientes y las pulseras, las velas y los calcetines tobilleros. Y bebería más cerveza si no estuviese a dieta. Una vez a la semana, va de compras, de lo que sea, para no ponerse triste. No dice tacos, pero se siente realmente sexy cuando pronuncia consenso. Se pinta los labios, las uñas y jamás ha ido en moto ni en descapotable porque se despeina.
Leer no le apasiona, pero de vez en cuando va al cine. No tiene ni puta idea de la Historia de Barcelona, pero no le importa, se sabe mover por sus discotecas. Disfruta del mar, del olor del suavizante en las sábanas limpias y de los piropos urbanos. Se cree agnóstica, e incluso de pequeña pintó un cuadro. Por eso, entre revolcón y revolcón, se fuma un Marlboro para relejarse.
Como buena hija de los 70, se ha hecho adicta a Oasis, al cannabis y conoce alguna canción de los Beatles. Se hace fotos de perfil frente al espejo, y sólo enseña las bonitas. Le encanta emborracharse los viernes, usa perfume Carolina Herrera y jamás jamás, dirá en público a cuantos tíos se ha follado aunque se enorgullezca.

lunes 6 de julio de 2009

Don't call her Alice, she's only a traveller... (Linea temporale, settore B -destra-, capitolo 443)

Como la chica pálida de brazos hinchados que reclama el chute que le deje seguir viviendo en su País de las Maravillas. Así la encontré, a la pobre desgraciada. Miraba el teléfono ladeando sus ojos, inquieta, jugando al despiste con los demás que con ella compartían lo que fuese. Lo que tuvo y de lo que no ha sido capaz de quitarse de encima. De la fuerza, Magdalena. Llegaste, de nuevo, y convertiste la oscuridad en agujero blindado. Tu musa en la joya que proteger de todos los injuriosos que pudiesen ver todo lo que tú viste en ella. A cada golpe, se deseaba más fuerza. No puedes decir que no te advirtieran, y sabías de sobras que ya jamás nada sería tan disimulado.
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Violada por una mirada de desprecio humillando cada rima escrita en los tiempos que hoy son perdidos. En los tiempos de caballeros y princesas y las putas capaces de deshacer reinos, miraba de reojo a las desconsoladas madres que lloraban porque desde hace años, ya se les habían caído las tetas. Caminó por las cañadas descalza, dejándose atrapar por las sanguijuelas y por los lobos de los cuentos que dejaron al gato en casa cuidando de la abuela para quitarle las botas de agua. Con las rodillas también muy hinchadas, explotando sus orificios nasales en cada choque. La encontré mareando el hielo de un cubata en una de esas noches en las que sus amigas se fijaban en cualquiera, dolorida por la ausencia, sorda de gritos y sin minifalda. Me miró, sonrió, y se frotó los ojos para librarse del sueño -de una noche de verano- y dejarlo en sus manos. Contó los peldaños de una escalera como en un juego de sí no sí no y se mordió el labio como solía hacer entonces, cuando mataba filas de hombrecitos de papel de las guirnaldas o cuando se recogía el pelo con ambas manos para que la degollaran. Con violencia, Magdalena -la asesina-.

Como la nínfula de las noches en las que las mujeres hacen top-less, los caballeros se manifiestan reclamando su derecho de pernada, se profanan los teatros de marionetas y todos se congelan y se quiebran. Buscando lo más grande, lo más bélico y lo más bien pagado. Allí, entre el gentío la encontré, con rojos zapatos de tacón de aguja, desinfectándose de las Maravillas. Cuando la fuerza exhorta más fuerza, las cervicales están doloridas de apoyarse en las paredes y los codos sangran de frotarse contra ellas. Esperando que las Putas se apoderen del Reino y que refuercen sus fronteras.

Como la oliva del vaso del Martini bianco, la incauta palabra del que no se ha enterado de la misa, la mitad. Don't call her Alice, she's only a traveller... che rimane attaccata alla sedia.

viernes 22 de mayo de 2009

Y le maldecía porque siempre llegaba tarde -Ni patim ni patam ni patum, Part.I- (Gradino dei Nervosi, di qualsiasi angolo del mondo conosciuto)

Esperaba siempre su llegada sentada sobre el primer escalón, peinándome las cejas con los dedos y haciendo números para descubrir cuando coño me tocaría menstruar. Contaba pendientes, lunares y bolitas de la ropa, para distraerme.

Si no me molestasen tanto, yo daría la razón al mundo y afirmaría que las pecas son sexys. Pero sólo de 9 a 12, cuando cerraba los ojos y llegaba a maldecirme por ser tan estúpida, de piel tan suave y blanca y tan fácil de convencer. Sí, supongo que a mi manera también podrían serlo. Y lo soy, o debo serlo mientras espero.

Me ponía calcetines nuevos, abusaba del minimal art y del naturismo y me imaginaba la cara -de nuevo- de los vecinos al verme por cualquier lugar sin samarreta. Jamás se me ofreció la posibilidad de fumar. Y jamás se me ofreció un cenicero. Y no mascaba chicle porque los condones ya eran de fresa.

Me acariciaba los labios para suavizarlos y preparar el beso. Ajustaba las tiras de mi sujetador en el mientrastanto y me maldecía porque siempre llegaba tarde.

Hace muchos días yo era como ella -ELLA- (Paese dei Commossi, Piazza del Così era, Palazzo detto dei Ricordi dei Sogni d'Oro quando c'erano)

Hace muchos días yo era como ella. La Bella con Bestia y calcetines rotos a pellizcos en un ritual extasiado de frotarme donde fuese. La de los pendientes ensangrentados y 6 hematomas esparcidos por la superficie de lo que hice de mi vida, para orientarme y tenerla siempre presente -y en ese caos dejar de perderme-. Porque el dolor también es dulce, y yo no presentía el recuerdo pero viví en la melancolía de una casa con escaleras que me jodía todas las partes del cuerpo. La de las manos de estucado blanco y cinta adhesiva entre los codos y las rodillas. La del frenesí, dosificado entre los ramos de flores y los insultos y los eufemismos más elaborados por el fetiche que imaginaba la voz de un despertador que siempre me desesperaba por su cursilidad masculina. Porque somos educados. Y cultos.

Y a latigazos te arranquen la sangre, incluso la sangre de tu sangre. Y a besos te la recuperen cuando la oxiticina ya anda por las nubes, a arcadas te devuelvan la razón de la existencia, a mordiscos te devoren la ilusión del romanticismo que no sabes si existió y que con fuerza te aten al marco de la ventana para que todo el mundo te vea mientras follas, con los tobillos encadenados sobre la mesa sobre la que escribes. No, hoy yo no, tú sola. Y de eso ya hace más de muchos días.

De las sábanas rojas que fueron velas en un temporal que nos removió tanto las entrañas que acabamos vomitando sobre el parqué. De la regla -de tres, o casi- que cegó las miradas de sangre y nos tiñó la piel. De los kleenex que se acumulaban por las mesitas sobreviviendo a cien resfriados provocados por la desnudez de los lugares públicos y que usábamos para sonarnos los mocos tras ver una peli idiota. De las manos más grandes que señalaban con los dedos más grandes y pretendían traspasar todas las ventanillas de coches, rebentar los bolsillos del culo de cada pantalón y aplastar todos mis sueños para que no pudiese volar con ellos. La mano de Dios que somete y domina el mundo, con las uñas sumamente limpias y olor a Neutrogena y Urea. (La que no voló, porque se equivocó de Dios y de Misericordia).

Y en sólo muchos días he dejado de escribir sobre la Revolución, de poner mi cabeza sobre las baldosas frías de la ducha y de quedarme a solas con mi paciencia durante los días impares y los festivos. Con la explosión de mi misma, en mi misma, cada 3 minutos y de ser adorada por ello y por mi habilidad de sentarme con las piernas abiertas como cualquier cosa de género masculino, cada vez que era efervescente. Por la ninfomanía que no ocultaba aquellas tardes en las que vestía pantalones diplomáticos italianos y me hacía una cola alta, con las pestañas muy engominadas, por si acaso -con la soberbia en el hueco de la boca, preparada para el desparpajo si era necesario-. Porque las mujeres maquilladas ensucian las almohadas, no son de fiar y tardan mucho en salir de casa. It's gone daddy gone. Hace relativamente muchos días me chupaba los dedos cuando me tocaba la lotería y lo hacía con aire francés, tapándome con un foulard que compré en París, semidesnuda. Jugaba a los dardos tirando olivas y siempre hacía diana y dominaba el tiempo del hervor necesario para el agua del té con mis gestos, sin hablar más lenguas. Leía fotocopias de invitaciones de boda de desconocidos, escuchaba gritos en la ducha y a veces resbalaba y me descubría cantando alguna rima de hip hop mientras cocinaba.
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Una noche me desmayé en un hotel y no me rescataron, derribé una cama de 3 a 8, me ahogué con las gotas de un arrebato, bailé el booggie con tacones y la cabeza enjabonada y me acosté con un dálmata con el que hice mucho el perro tras tanto estrés.
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Me tropezaba con los bordillos, chocaba con las farolas y me sobraba gente. Odiaba a las mujeres, a las rubias, a los crucifijos colgados en las cabeceras de las camas y a los amigos que sólo piensan en echar un polvo contigo ls viernes por la noche -porque hace unos muchos días no me gustaba el fútbol tampoco, es evidente-. Coleccioné espirales para dar la vuelta al mundo con un vistazo y encontrar el punto G de cada encuentro, dormí en casas de desconocidos varias veces y chillé seis veces desde un descapotable que estaba hasta los cojones.
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Hace algunos días -muchos- días (aplausos).

Lo macabro -y la lógica- (Palazzo della riflessione, Arte astratto)

Y cómo lo sabes? Si yo a veces también he sido perfecta, pluscuamperfecta y macabra...

Repasando una biografía me di cuenta de lo mucho que hemos sido verdaderos. Porque hasta hace realmente poco esa fue mi razón. La que compartí con quien se mostró como auténtico y jamás me dijo que sería real. Me llenó las manos de manos y se quitó la samarreta mirándome a los ojos. A veces he sido yo la que directamente he desabrochado pantalones mordiéndome los labios para no hablar. La primera noche fue la más sincera: sin sábanas, sin paredes y sin ilusión. Hubo canciones odiosas que se me engancharon y repetí como un loro en celo, con susurros cada vez que, sin quererlo, mis manos cataron su cabeza y yo misma me empujé hacia abajo. (el pretérito perfecto)

Las diferencias no son tan extremas. He sido una mujer afortunada y supongo que incluso rozando la madurez así me sigo sintiendo. Con los morados en mis ingles como recuerdo de despedida porque desaparecí. Con esquinas anónimas y máscaras que todavía son secretos para los hombres casados y los prudentes. Y los pelitos tan cortos que se buscaban entre mis piernas tras la noche cuando las pocas horas reclamaban remediar la ausencia. Con las miradas que siguen viviendo gracias a esas intimidades silenciosas que cada uno de nosotros guardamos en algún cajón de la mesita de noche, o en los de la americana, cada vez que salimos de juerga. (el pluscuamperfecto)

En mis carnes comprobé queno tengo que dar la razón a los sabios sino a los mercenarios. Sí, yo a veces también he sido perfecta sin ser otra persona y me he escurrido entre los sapos húmedos sin desear besarles. Y le he pedido a Pinocho que mintiese para no olvidarle, 27 veces seguidas. (Lo macabro)

miércoles 20 de mayo de 2009

Only you, maldita ciudad (Città Maledetta, Città Modernista)

Mato a la ciudad. Sí, hoy la mato.

A cuchilladas, dejando y griegas por todos sitios y besos de pintalabios muy rojo, en las ventanas de los vecinos que aún estén durmiendo tras tanto escándandalo. Rompiendo los cristales con la vibración de mis saltos y rematándolos con un solo de la Piccione que aprendí por casualidad y que ya no me emociona. La ciudad no es tan grande, yo creo que en pocas horas la destrozo.

A pedacitos, para que sea irreconocible. Para qué sirve tu casa si ya no estás. No quiero esta ciudad, aborrezco todo lo que me recuerde tu existencia. La dejo arder, la azuzo, que explote, que se quede sin cristales, sin feromonas ni endorfinas, sin volantes de coches y sin mercromina. Escupo en tu suelo y te convierto en la maldita. Escupiste en mi piel, y derrumbaste al cuerpo de policía. Te embalsamo, incinero a tu perro y con un hacha parto tu escalera hacia el cielo. Me alimento de la luz roja de los semáforos, de los burdeles y de las boyas de los puertos. Tunelando mi sótano en el que viviste, a ritmo de ska muy muy movido y políticamente violento. Y con una balada romántica soy capaz de hacer volar los techos. Only you, maledetta città, only you...
Para qué necesitamos los recambios eléctricos si ya no hay cables. Si rebiento un globo en su nártex, se desploma una iglesia. Tiro el tenedor de los spaghetti y parece que ha pasado un ciclón. Rejiro los hierros negros de los balcones con un sentido estético realmente innovador y echo a bajo todas las fachadas que contienen fechas, nombres y escudos heráldicos. Inventarío los templos, las fuentes, los taburetes de bar y los descampados. Hago de la discoteca más oscura mi dormitorio y derroco todo edificio que contenga archivos, jerseys Lacoste y en los que se escuche El Club de la Comedia. Asusto a los conejos para que corran y con las sirenas hago que canten los lobos y las hienas que hasta hoy no tenían donde hincar el diente. Y devuelvo los mendrugos a las zorras para que repoblen el planeta compartiéndote. Empapo los colchones de menstruación, desvío las cloacas y entierro todos mis recuerdos muertos envolviéndoles con las toallas de baño que me dabas cuando salía de la ducha.
Embarazo vírgenes, recurro a la microbiótica y riego tu jardín con ácido radioactivo macerado con las colillas que muy cuidadosamente he ido acumulando en el desagüe para cargármelo sólo tirando una vez de la cadena. .

Parece que así la escena es más trágica y lo convierto en mi venganza. Sí, hoy me la cargo, porque ya está muerta.
(Maledetta Città, Città Maledetta)