viernes, 16 de septiembre de 2016

180 gabbiani (Non importa più la via)



Tiene mirada de librería con estanterías de cerezo labrado. 
Más ágil que un tordo negro y más largo que un coito con velas. 
Ese tipo de hombres sedientos que llevan los bolsillos llenos de amuletos.
  
Huele a algodón viejo, a armario, a Portaportese a las 9 de la mañana. 
Sus brazos son de lana, sus codos de naranja ácida.

Provinciano y cosmopolita, como la ciudad de los puentes de hierro en la que todavía hoy se acumulan millones de colillas en las cunetas. 
Es opaco. Y adquiere tonalidades grises cuando llueve. 
Tiene el color del Tevere cuando sonríe  y se recuesta en mi sofá. Si chasquea los dedos salen, de golpe, 180 gabbiani de su chistera. 

Sus cejas son arcosolios y su cuello una peana de escultura antigua. 
Sus ojos son Arte, sus manos artesanía. 
Su aliento ilumina las azoteas viejas. 

Sí, es cierto, veo en sus pestañas restos del paraíso colombiano. En su vientre la vena que se le hinchó a David en la sien. En su perfil, un retrato de Duquesnoy. Cual paisaje selvático de Rossini, en el que sólo se intuyen unos ojos muy abiertos, cien años después.
* Alle 92016, nel 111